La Coruña blanca y azul se vuelve gris.

Una particular relación de la importancia de los colores con la visión de la ciudad.

Tengo en mis manos el excelente estudio realizado por el periodista  Rubén Venturera sobre la etapa de Picasso en la ciudad, y que lleva  en el titulo la alusión al pintor malagueño y los colores de la ciudad. Otros muchos escritores y periodistas han utilizado ese símil para hacer descripciones literarias de La Coruña, pero es sobre todo el color de su bandera lo que mejor pone de manifesto los colores coruñeses.  Una bandera que nuestra ciudad prestó un día a Galicia y que así adoptó la enseña coruñesa como bandera regional. Esos colores que el Deportivo siempre ha lucido, con mayor o menor éxito deportivo, en los principales campos de fútbol. El equipo como la ciudad es blanquiazul. Sus referencias  urbanas son, además de una señal marítima, el azul del mar y el blanco de las galerías. Y así fue durante mucho tiempo.

Con la expansión urbana de los setenta, los grises del cemento fueron sustituyendo el color de las fachadas por tonos más tristes y también menos inspirados, aunque nuestra ciudad cuente con un acervo arquitectónico variado y de mucha calidad que solo lo eclipsa el masificado crecimiento de una corona de barrios tan mal diseñados como construidos. Vino después, en las últimas décadas, el avance de las fachadas de cristal con materiales en tonos grises, siguiendo la moda del momento, y para rematar el urbanismo reciente que incorporó la tendencia dominante en muchas otras ciudades  de espacios abiertos pavimentados en gris. De este modo la ciudad se ha vuelto menos blanca y se ha tornado más gris. El resultado no siempre es malo, pero el abuso del pavimento gris no acaba de ser del gusto de los ciudadanos, como se ha puesto de manifiesto con el tratamiento de la superficie peatonal del Parrote. Los coruñeses prefieren el verde para sus espacios abiertos y los árboles de verdad, en lugar de árboles de hierro, para sus calles y paseos. La ciudad necesita un manto verde que  recubra sus aceras, sus espacios abiertos, sus paseos litorales y todos los lugares libres. Nuestro clima es favorable a este tipo de ornamentación urbana, en donde los parterres con flores siempre animan el color y la visión de la ciudad. Y para concretarlo pondré tres ejemplos que suscitaron este comentario.

El primero es el siguiente: si comparamos la mediana de los Cantones con el de La Marina o Linares Rivas, nos daremos  cuenta que  el verde y las flores en los espacios centrarles de las vías de tráfico aportan  un valor natural a un espacio central ya de por sí muy saturado, mientras que  una mediana cementada  no aporta nada. El segundo es el frente del paseo marítimo a la altura de los Salesianos. Antes había una línea de pequeñas palmeras, ahora desprovisto de vegetación el vacío existente deja a la vista una fachada urbana gris y descompensada que antes la vegetación se encargaba de atenuar, porque las pantallas verdes cumplen un interesante papel corrector en el paisaje urbano. Ahora las especies preexistentes asoman en el parque de Eiris pero ya no aportan nada singular al paisaje urbano. Y hay un tercer ejemplo: la entrada a la ciudad desde la terminal de cruceros marítimos, por el pasillo de piedra que separa Palexco del horrendo Centro de Ocio. Cuando escribo esto el día era gris y lluvioso, como tantos, y el pasillo de adoquines y losas mostraba toda la tristeza que a este tipo de acabado urbano le es propia, en este caso acentuada por la suciedad y el efecto del paso del tiempo. Una entrada deshumanizada  que fácilmente podía transformarse en acogedora si en los laterales los adoquines fueran sustituidos por césped y flores con alguna especie de mayor porte. Son ejemplos que  cualquier coruñés con un poco de sensibilidad puede experimentar y comprobar in situ la diferencia entre una ciudad construida en gris y otra rediseñada en verde.

Tenemos una ciudad histórica muy hermosa pero con demasiados adefesios constructivos y mamotretos intercalados  que requieren una operación de ornamentación y diseño  urbano mediante la introducción de la naturaleza y del color en su maltrecho tejido urbano. De este modo seguiríamos  siendo blanca y azul pero recostada en el verde de Galicia.  Ha habido ejemplos recientes de buen hacer como en las plazuelas intercaladas entre las calles de San Andrés, ahora un verdadero adefesio urbano, y la deteriorada calle del Orzán, donde la madera aporta un material mucho más cálido y acogedor que el gris del enlosado. Lástima que no haya recibido el cuidado y el mantenimiento debido. Es preciso un manifiesto ciudadano por una ciudad verde en todos los sentidos de la palabra, y las inminentes elecciones municipales son una buena ocasión para ello.

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