La ciudad que no quería serlo ni parecerlo

Disculpe el lector tan enigmático título, pero desconcierta que en un tema tan estratégico como el de la población Coruña se empecine en nadar a contracorriente. En toda España, y Galicia es un buen ejemplo, lo común es comunicar y hacer gala de músculo demográfico para hacer valer el rango y las necesidades de una zona; no digamos ya cuando ese músculo revela un cierto protagonismo. Es así que habitualmente vemos ciudades que convierten su llegada a los 100.000 habitantes en un hito regional, o que estiran su supuesta área de influencia hasta límites oníricos. Pero Coruña no solo no hace eso; sino que -y esto es lo llamativo- tiene una peculiar tendencia a ocultar su energía poblacional; tendencia que deviene en extravagante cuando, por paradójico que resulte, consiste en presentarse como más pequeña de lo que realmente es. Esta asombrosa querencia a presentarse como una “uva pasa” la vemos en dos ejemplos.

En 2009 publiqué un librillo en el que, con aparato cuantitativo y razonable trabajo de campo, demostraba que el casco urbano de Coruña ciudad (no me refiero a “Coruña municipio”, que es cosa distinta) ya en 2008 había superado la barrera de los 300.000 habitantes, los cuales estaban repartidos por diferentes barrios de hasta cuatro municipios entre los que es posible desplazarse varios kilómetros por una trama urbana contínua y consolidada. Pienso que superar los 300.000 es un hito modesto, para que nos vamos a engañar, pero no deja de ser cierto que tiene relevancia en el ámbito de Galicia y el norte de España.

Doce años más tarde la principal novedad a aquella tesis ha sido la incorporación de parte de Arteixo a esta trama urbana. Hoy el puerto de la ciudad está allí, su emblema económico también, y en breve una icónica marca cervecera podría levantar su nueva fábrica en el arteixán Morás, un polígono que nadie duda en presentar como un emergente pulmón económico de la ciudad. Pues bien, en base a esto les invito a reflexionar sobre sendas preguntas: ¿Es cabal sostener que la ampliada sede central de Inditex está en una urbe distinta a Coruña? ¿Tiene algún sentido afirmar que Coruña tiene su puerto en una ciudad diferente? Por supuesto que no. Por ello a día de hoy, un análisis objetivo, e incluso moderado, nos permite afirmar con rotundidad que Coruña ciudad tiene, al menos 330.000 habitantes, de los que una aplastante mayoría vive en casco urbano.

Sin embargo nada de eso lo verán en los medios ni lo escucharán de los representantes públicos. Mientras en otras urbes afirman alcanzar los 300.000 habitantes, introduciendo en la ecuación a miles de ellos que viven en zonas rurales -sin que aquí nadie rebata tan burda propaganda-; mientras desde la propia Coruña nadie pone en duda que Bilbao sea la gran ciudad del norte (que lo es, pese a que el municipio de Bilbao tiene 350.184 habitantes -3.003 menos que hace una década-), o mientras a los políticos y medios coruñeses se les hincha la boca hablando del gran Oporto (cuando el municipio de Oporto tan sólo tenía censados 214.353 habitantes en 2017)… El caso, es que mientras todo eso sucede, la sociedad coruñesa (da igual a nivel mediático, cívico o político) guarda silencio y oculta, como si fuese un estigma, la inequívoca realidad de que un año más, y como acaba de demostrar la actualización del padrón municipal, esta ciudad no solo es la más poblada de Galicia sino también del noroeste de España.

El segundo ejemplo que deseo presentar es el del área metropolitana. En los últimos 40 años la población del área metropolitana coruñesa ha crecido un 60%, pero milagrosamente, la de Coruña debe ser la única de Europa en la que un gran aumento poblacional no se ha visto reconocido a nivel territorial. Hoy asistimos, estupefactos, a un esperpéntico absurdo: la administración y sus representantes presentan el área metropolitana de Coruña ¡con la misma extensión que en 1980! Las infraestructuras crecen, la población también, pero a diferencia de lo que sucede en otras ciudades, aquí el área se ha petrificado. Es como si una glaciación hubiese afectado a nuestra clase política mientras la realidad va por otro lado, como paso a ejemplificar.

A Laracha tiene un crecimiento urbano consolidado y puede presumir de una dinámica social y económica dependiente de Inditex; mientras que el Carballo de hoy, además de sus potentes flujos de movilidad con el eje A Laracha-Arteixo, es una localidad que está a poco más de diez minutos del nuevo puerto de Coruña. Inexplicablemente, ni A Laracha ni Carballo forman parte del área metropolitana oficial. Situada a solo diez minutos del aeropuerto lo mismo se puede decir de Cerceda, cuyo punch empresarial está íntimamente relacionado con el eje económico que gravita sobre Coruña; algo que en menor medida, pero claramente, también sucede con Coirós. Por el este ya nadie niega que el crecimiento urbano y la oferta de ocio de Miño es tributaria del área coruñesa, en términos incluso residenciales; sin que paradójicamente ello haya sido suficiente para introducir a Miño -y a su simbiótico Paderne -en el área metropolitana oficial.

Lo bueno de esta rara historia es que la petrificación del área “oficial” no consigue frenar una realidad que se impone con una cotidianeidad implacable. Y esa realidad es que ya en 2020 Coruña, más los quince municipios de su área metropolitana real, habían ganado 3.792 habitantes, alcanzando un total de 478.282. Ello, independientemente de que pueda gustar más o menos, objetivamente significa que la urbe coruñesa encabeza una comarca próxima al medio millón de personas, lo cual per se es un dato importante en términos de sostenibilidad y bienestar social. Por si estas dos variables no fuesen suficientes, huelga explicar que la ciudad más poblada de Galicia y una comarca de medio millón de personas no solo deberían ser centrales en términos de gestión y planificación, sino que su protagonismo poblacional podría ser un gancho para captar energía emprendedora, promover inversiones y generar progreso.

Pero por increíble que parezca, la capital ártabra se permite el lujo de desperdiciar ese gancho. Año tras año la sociedad coruñesa tira por la borda el potencial que supone presentarse en el escaparate político y mediático como uno de los motores demográficos del norte peninsular. Y que los coruñeses, como buenos ártabros, detesten la hispánica fanfarronería y hagan gala de una discreción casi enfermiza, me parece respetable; pero no lo es el que sus representantes públicos no recuerden que en esta pequeña área de tan solo 1.021 kilómetros cuadrados vive uno de cada cien españoles. Es un hecho relevante que no pueden olvidar y que tienen la obligación de recordar y esgrimir, porque no haciéndolo favorecen el abandono inversor que padecemos. Un abandono, todo hay que decirlo, que también se debe a que otros han detectado nuestro silencio. No los culpo: en España suele ser menos importante el ser que el parecer. Y Coruña, visto lo visto, no quiere ni una cosa ni la otra.

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